¿Podrías borrar de tu memoria escenas e historias como esta? Dos filas inacabables de féretros blancos recorrieron hoy las calles de Huanta, en Ayacucho.

Los 92 ataudes de varones, mujeres, niños y ancianos, víctimas de la  matanza de Putis, hiceron en ese distrito su penúltima escala antes de regresar a casa para tener un entierro digno, luego de 25 de años del genocidio de los militares.

A cualquier persona, con algo de humanidad por dentro, le hubiera conmovido ver esta mañana a decenas de escolares huantinos llevando en sus hombros 48 cajones fúnebres, que llevaban dentro los restos de menores de edad como ellos.

La procesión de ataudes pasó también por la Plaza de Armas. Allí los familiares de las víctimas y los pobladores de la zona, que han sobrevivido a la guerra entre Sendero Luminoso y las Fuerzas Armadas, realizaron una ceremonia y pidieron justicia, reparación y un entierro digno para sus parientes.

Un helicóptero del Ejército sobrevoló, a baja altura, la extensa marcha de los cajones blancos. ¡Qué miedo!

Los féretros llegaron a Huanta en un camión luego de haber partido en caravana por la mañana de Huamanga, seguida por una comitiva de diez camionetas con deudos, organizaciones humanitarias, como el Comité de la Cruz Roja Internacional, peritos, personal de la Defensoría del Pueblo y periodistas.

La comitiva continuará su viaje hacia Santillana, distante a tres horas por carretera, último punto antes de partir mañana temprano a Putis, donde se realizará el entierro.

¿Cómo ocurrió la matanza?

Esta historia conmueve, horroriza, indigna. En diciembre de 1984, miembros de algunas comunidades campesinas de Huanta se refugiaron en los cerros para huir de la crueldad de los terroristas, que cuatro años antes habían iniciado su lucha armada en el Perú. Cuando los comuneros se enteraron que en Putis había una base del Ejército se acercaron un poco a la zona y fueron invitados a bajar por los militares.

En la escuela y la parroquia de Putis, los 'milicos' separaron a hombres, de mujeres, ancianos y niños. Los varones fueron obligados a cavar una enorme zanja para "construir una piscigranja", pero una vez concluida fueron ametrallados en ese lugar, que se convirtió así en su tumba. Mientras eso sucedía, sus esposas fueron violadas y asesinadas igual que sus hijos.

Durante años Huanta calló. Todos se quedaron mudos por el horror, pero en el 2001 se descubrió esa fosa común, la más grande que ha existido en el país, y otras tres más pequeñas. Tras la exhumación y una paciente labor de laboratorio, se logró identificar a la mayor parte de víctimas.

Aquí les dejo el informe de Cuarto Poder sobre este drama y les planteo una pregunta que yo misma me hago: ¿puede haber reparación posible para tanto dolor?

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